El debate constructivo entre la obra social de las cajas y la acción social de las empresas requiere empezar por derribar algunos tópicos.
Hay empresas que dicen que las cajas no son empresas. Cuando saben que gestionan más de la mitad de los recursos de empresas y familias. O que dicen que la cantidad destinada por las cajas a su obra social es obligatoria, cuando la ley sólo les exige dotar reservas con el 50% de su excedente, pero nada con el resto. O que creen que se acaban de inventar la acción social, cuando hay cajas con prestigiosas obras sociales centenarias. O que buscan desesperadamente un proyecto estrella, cuando las cajas han conseguido acercarse a los españoles apoyando proyectos de distinto tipo, algunos emblemáticos pero también muchos pequeños y cercanos a la problemática cotidiana de cualquiera.
Hay cajas que destacan excesivamente el aspecto de "dividendo social". Cuando realizan una valiosísima acción social manteniendo oficinas en poblaciones sin apenas servicios básicos o prestando servicios financieros a inmigrantes. O que piensan que las empresas acuden a la acción social para recuperar su deteriorada reputación. Como si fuera tan fácil dar gato por liebre al ciudadano. O que creen que las empresas nunca podrán competir con ellas. Como si una empresa que cuenta con un 22% de personas con discapacidad o con un 45% de inmigrantes en su plantilla, o una que consigue que el 27% de su plantilla dedique una media de 50 horas al año a sus programas de voluntariado corporativo no fueran referencias de liderazgo en acción social.
En fin, hay para todos. Y poco espacio para escribir. ¿Conclusión? La acción social de la que hablamos es la que tiene que ver con construir confianza social desde una actividad de negocio. Va de integración, identidad, innovación, eficiencia, eficacia, trabajo en equipo, modernización..., por lo que unas deberían aprender de las otras. Y viceversa.