Fundaciones con fecha de caducidad

Fundaciones con fecha de caducidad

El legado que pocos se atreven a diseñar: ¿durar o servir?

Fundaciones con fecha de caducidad, para mejorar el sentido y el impacto

Fundaciones con fecha de caducidad no es una ocurrencia provocadora: es una idea estratégica. Y la primera vez que la escuchas, descoloca.

“No le veo valor alguno a que mi fundación dure más de 20 años.”

La frase se pronunció en Madrid y, si te quedas en el titular, suena a excentricidad. Pero si la miras con calma, aparece una pregunta útil para cualquiera que lidera una organización con propósito: ¿estamos construyendo una institución para durar… o un instrumento para servir? Y si la firma Bill Gates, la ves de otra forma.

Cuando la misión es cambiar algo en el mundo, la pregunta no debería ser “¿cómo garantizamos la continuidad?”, sino “¿cómo garantizamos el cambio social? Y “¿cómo creamos impacto?”. Parece un matiz, pero cambia el tablero. Porque continuidad sin impacto es confort. Impacto con horizonte es dirección.

Una fundación no es un monumento, es un vehículo

Lo interesante de esa frase no es el número de años. Es el “no le veo valor”. No está diciendo “menos filantropía”. Está pidiendo más exigencia: más foco, más urgencia, más claridad. Menos romanticismo institucional y más disciplina de herramienta.

En lenguaje empresarial, una fundación se parece más a un vehículo que a un edificio simbólico. Los vehículos se eligen por lo que permiten mover: talento, conocimiento, recursos, alianzas, políticas, cultura. No por lo bonitos que se ven aparcados.

Y aquí aparece un cambio mental potente para cualquier Patronato: si la fundación existe para afrontar un reto, ¿por qué se comporta como si lo importante fuera existir para siempre?

Diseñar un horizonte es un gesto de seriedad estratégica. Porque obliga a concretar: qué cambio buscamos, cómo lo mediremos, qué haremos si funciona y qué haremos si no.

Cerrar bien también puede ser el mejor legado

Hay una idea que cuesta decir en voz alta sin que alguien levante la ceja: cerrar una fundación también puede ser el mejor legado.

Dicho en positivo: planificar una salida es una forma de liderazgo. Significa tomarse tan en serio el cambio social y el impacto medible que estás dispuesto a transformarte, integrarte o cerrar un ciclo cuando ya no eres el mejor instrumento para esa misión.

La madurez está en diseñar, no en aguantar. En decidir con intención qué se construye, qué se transfiere, qué se escala y qué se deja de hacer para liberar energía hacia lo que más importa.

A un directivo esto le suena familiar: toda buena estrategia incluye una hipótesis de éxito y una condición de cierre. Si no existe esa condición, muchas veces no hay estrategia: hay inercia con calendario.

El “para siempre” tiene un coste invisible

La “eternidad institucional” suele traer efectos secundarios previsibles (y evitables). No tienen que ver con la misión, sino con el modelo de gestión:

  • Se diluye la ambición: si no hay horizonte, el cambio pierde tensión positiva.
  • Crece la coordinación: más capas, más reuniones, más alineamientos.
  • Se confunde medio y fin: la organización se vuelve el proyecto.
  • Se gestiona el nombre más que el resultado: la narrativa pesa más que la transformación.

El punto no es criticar. Es detectar una oportunidad: cuando pones un horizonte, mejora la decisión. Y cuando mejora la decisión, mejora el impacto.

Lo curioso es que el “para siempre” a veces se parece a una promesa de seguridad… pero acaba convirtiéndose en un sistema que protege su propia estabilidad. Y eso, en organizaciones nacidas para cambiar realidades, es una paradoja silenciosa.

La oportunidad para la empresa: filantropía con diseño, no con costumbre

¿Qué tiene que ver todo esto con el mundo empresarial? Mucho.

Las empresas que lideran de verdad en filantropía corporativa ya no buscan “hacer cosas”. Buscan producir cambios. Y eso exige gobernanza: un marco para priorizar, medir, transferir y, si llega el momento, cerrar una etapa con elegancia.

La filantropía más avanzada se parece menos a un catálogo de iniciativas y más a un sistema de decisiones para generar cambios en la sociedad eficientemente. Un sistema que responde a preguntas incómodas, pero productivas:

  • ¿Qué problema concreto estamos resolviendo y en qué plazo?
  • ¿Qué indicadores nos dirán si avanzamos de verdad?
  • ¿Qué debe ocurrir para que la fundación cambie de forma, se integre o termine su ciclo?
  • ¿Qué quedará en el ecosistema cuando nosotros ya no estemos?

La respuesta no se construye con discursos. Se construye con diseño: relevancia renovada, cambio social, impacto medible y capacidad sana de “desaparecer sin drama” porque el valor ya está fuera, en el sistema.

Una idea provocadora (y liberadora): si tu fundación no podría desaparecer nunca, quizá aún no ha creado suficiente valor fuera de ella.

Fundaciones con fecha de caducidad inteligente

No hace falta cerrar mañana. Hace falta pensar como si el tiempo importara. Un enfoque práctico, aplicable a fundaciones grandes y pequeñas:

Un horizonte de impacto
Define un objetivo realista para 10–20 años: un cambio concreto, verificable, que si ocurre, permita cerrar o transformarse. No es “mejorar” algo; es mover una aguja definida.

Un plan de transferencia
Si has creado algo útil, alguien debería poder continuarlo: empresas, administraciones, alianzas, comunidades profesionales, universidades, redes sectoriales. El éxito no es “seguir tú”. El éxito es volverte menos necesario.

Una cláusula anual de simplificación
Cada año, una pregunta obligatoria: “¿Qué dejaríamos de hacer para liberar un 30% de capacidad y concentrarnos en lo esencial?” No es recorte. Es foco estratégico. Es proteger la energía para lo que realmente transforma.

Un final digno, si llega
Cerrar puede significar fusionarse, integrarse, dejar un fondo finalista, convertir la actividad en un programa dentro de otra organización o transferir metodología y activos a un actor mejor posicionado. Cierre inteligente no es apagar la luz: es dejar encendido el impacto.

La pregunta que todo Patronato debería hacerse hoy

¿Tu fundación quiere durar… o quiere servir?

Durar es cómodo. Servir es exigente. Y, paradójicamente, las organizaciones más influyentes suelen ser las que no necesitan justificar su existencia: generan valor, cierran etapas, evolucionan y dejan un legado real. Sin nostalgia. Sin drama. Con cambios. Con resultados.

Porque el legado no siempre es un edificio. A veces es algo mucho más ambicioso: un problema menos, un sistema mejor, una solución que ya no te necesita.

Y esa es una forma de liderazgo que pocos se atreven a diseñar… precisamente porque obliga a poner la misión por encima de la institución.

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Entrevista a Bill Gates en El País

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