Seguir aportando profesional y personalmente al menos una década más que ahora… por ahora
Longevidad profesional: aportar durante más tiempo
La longevidad profesional invita a hacernos una pregunta distinta: qué podemos hacer para seguir aportando durante más tiempo a nuestro mundo laboral, personal y social.
Un reciente artículo de Mauro Guillén, sociólogo, economista y profesor de management especializado en analizar cómo las grandes tendencias demográficas, tecnológicas y económicas transforman las empresas, el trabajo y la sociedad, nos ha animado a recuperar, ordenar y actualizar algunas de las ideas a partir de las que construimos el concepto GENIOR y nuestra actividad de Longevidad.
Durante décadas hemos preparado bastante bien el comienzo de la vida profesional. Estudiamos, buscamos un primer empleo, aprendemos un oficio, asumimos responsabilidades y, con el tiempo, construimos una trayectoria.
Lo que hemos trabajado bastante menos es cómo mantener viva nuestra capacidad de aportar cuando esa trayectoria puede prolongarse durante cincuenta o sesenta años y atravesar varios cambios tecnológicos, empresariales y personales.
Esto resulta especialmente relevante para quienes trabajamos principalmente con conocimiento: directivos, consultores, abogados, profesores, investigadores, técnicos, empresarios o profesionales cuya principal herramienta es una combinación de experiencia, criterio, relaciones y capacidad para aprender.
En estos trabajos, cumplir años no elimina necesariamente nuestra capacidad para contribuir. Lo que sí puede cambiar profundamente es la manera de hacerlo.
Vivir más exige aprender durante más tiempo
Una vida más larga modifica nuestra relación con el aprendizaje.
La formación ya no puede concentrarse únicamente en los primeros veinte o veinticinco años para después administrar lo aprendido durante cuatro décadas. Cuando la tecnología transforma profesiones enteras, aparecen nuevas herramientas y algunas capacidades pierden utilidad con rapidez, aprender deja de ser una etapa para convertirse en una actividad permanente.
Esto no reduce el valor de la experiencia. Puede hacerlo todavía mayor, siempre que esa experiencia siga conectada con los problemas del presente.
Un profesional con treinta años de trayectoria puede haber acumulado conocimiento sectorial difícil de encontrar, relaciones valiosas y un criterio extraordinariamente útil para distinguir lo importante de lo accesorio. Pero esa misma persona puede descubrir que necesita aprender nuevas herramientas, otras formas de trabajar o incluso una manera diferente de relacionarse con clientes, equipos y tecnología.
Por eso la pregunta relevante deja de ser únicamente cuántos años llevamos trabajando.
Pasa a ser cuántos años llevamos aprendiendo de verdad.
La experiencia necesita curiosidad para seguir siendo útil
Uno de los riesgos de una carrera larga es confundir experiencia con vigencia.
Haber resuelto cientos de problemas aporta perspectiva. Haber vivido varias crisis empresariales ayuda a reconocer patrones. Haber negociado, contratado, dirigido equipos o puesto en marcha proyectos durante décadas construye un tipo de conocimiento que no se adquiere rápidamente.
Sin embargo, ese conocimiento necesita actualizarse.
Un director financiero puede comprender extraordinariamente bien un negocio y ser principiante utilizando determinadas herramientas de inteligencia artificial. Un abogado con una larga trayectoria puede necesitar revisar cómo investiga documentación. Un consultor puede descubrir que algunas tareas que antes justificaban horas de trabajo ahora se resuelven en minutos.
La madurez profesional quizá consista también en aceptar esa convivencia entre experiencia y aprendizaje. Podemos ser sénior en algunas capacidades y junior en otras sin que ambas cosas resulten contradictorias.
Acostumbrarnos a volver a empezar puede convertirse en una de las mejores maneras de seguir aportando.
La segunda mitad de la carrera probablemente será diferente
Aquí aparece otra consecuencia especialmente importante para los profesionales del conocimiento.
La primera mitad de nuestra vida profesional suele construirse alrededor de instituciones bastante reconocibles: una empresa, un puesto, una profesión, una jerarquía y una carrera más o menos ascendente.
La segunda mitad puede tener una forma muy distinta.
Resulta difícil imaginar que una persona que empieza a trabajar a los 25 años permanezca durante cinco décadas haciendo lo mismo, en la misma profesión y dentro de la misma organización. Y resulta todavía más difícil cuando hablamos de grandes empresas, donde las estructuras, las necesidades y los equipos cambian constantemente.
Por eso conviene incorporar pronto una posibilidad que durante mucho tiempo hemos asociado casi exclusivamente al final de la carrera: quizá una parte importante de nuestra vida profesional futura transcurra fuera de la empresa en la que construimos nuestra primera trayectoria.
Puede ser trabajando por proyectos, asesorando a varias organizaciones, participando en consejos, colaborando temporalmente con equipos, desarrollando una actividad independiente, emprendiendo o combinando varias de estas fórmulas.
No significa que desaparezca el empleo por cuenta ajena. Significa que probablemente dejemos de considerar el puesto estable en una única compañía como la única estructura posible para seguir teniendo una vida profesional activa.
Para quienes trabajan con conocimiento, esta transición es especialmente viable porque buena parte de lo que aportan puede viajar con ellos: experiencia, criterio, especialización, relaciones y capacidad para resolver determinados problemas.
De una carrera a una cartera de actividades
Este cambio obliga a revisar una idea profundamente arraigada.
Durante años hemos identificado profesión con puesto de trabajo. Cuando alguien preguntaba a qué nos dedicábamos, respondíamos con el nombre de nuestra empresa y nuestro cargo.
Pero una vida profesional más larga puede exigir otra respuesta.
Una persona puede asesorar a dos compañías, participar en un consejo, acompañar a emprendedores, impartir formación y colaborar con una organización social al mismo tiempo. Ninguna de esas actividades, por separado, define completamente su profesión.
El resultado se parece menos a una carrera tradicional y más a una cartera de actividades que evoluciona con nuestra experiencia, nuestras prioridades y el momento vital en el que nos encontramos.
Esta idea resulta especialmente interesante en la segunda mitad de la trayectoria profesional, cuando quizá valoremos de otra manera el tiempo, la autonomía y el tipo de problemas a los que queremos dedicar nuestra atención.
Podemos trabajar menos horas y aportar más experiencia. Podemos dejar una responsabilidad ejecutiva y participar en varios proyectos. Podemos alternar periodos de actividad intensa con otros dedicados a aprender.
La longevidad amplía precisamente esas posibilidades.
La inteligencia artificial puede ampliar lo que somos capaces de hacer
La inteligencia artificial acelera esta transformación porque afecta directamente a muchas profesiones basadas en conocimiento.
Es comprensible que genere inquietud. Algunas tareas intelectuales que hasta hace poco necesitaban tiempo, especialización y equipos empiezan a automatizarse. Pero la misma tecnología también puede aumentar considerablemente la capacidad de una persona experimentada.
Un profesional puede investigar con más rapidez, analizar información, preparar documentos, traducir, programar, organizar conocimiento o explorar nuevas disciplinas con una estructura mucho menor que hace unos años.
Esto resulta especialmente interesante para quien trabaja fuera de una gran organización.
Hace tiempo, desarrollar determinados proyectos exigía disponer de equipos, infraestructura y recursos difíciles de conseguir individualmente. Hoy una parte creciente de esas capacidades puede estar al alcance de un profesional independiente o de un equipo muy pequeño.
Para alguien con décadas de experiencia, la tecnología puede convertirse así en un multiplicador de autonomía.
Pero exige algo a cambio: seguir aprendiendo.
El riesgo profesional de una persona de 60 años quizá tenga menos que ver con haber cumplido 60 que con intentar trabajar exactamente como lo hacía a los 40.
Las empresas también pueden aprender a comprar conocimiento de otra manera
Esta transformación no depende únicamente de las personas.
También obliga a las organizaciones a revisar cómo acceden al conocimiento que necesitan.
Muchas compañías siguen funcionando con una lógica bastante binaria: una persona está dentro o fuera, pertenece a la plantilla o no pertenece, trabaja para nosotros o trabaja para otros.
El conocimiento permite relaciones bastante más flexibles.
Una empresa puede no necesitar a un antiguo directivo cinco días por semana y beneficiarse enormemente de su experiencia durante determinados momentos del año. Puede recurrir a un especialista para resolver un problema durante tres meses, incorporar a un profesional experimentado a un consejo asesor o crear equipos donde personas con décadas de experiencia trabajen junto a perfiles que dominan capacidades tecnológicas recientes.
Eso transforma también la oportunidad para los profesionales.
Cuantas más empresas aprendan a comprar conocimiento sin necesidad de comprar siempre puestos completos, más fácil será construir carreras basadas en varias organizaciones, proyectos y etapas.
Aportar no significa únicamente trabajar
Pero limitar esta reflexión a la actividad profesional sería quedarse a mitad de camino.
A medida que vivimos más años, también podemos ampliar nuestra capacidad de contribuir a otros ámbitos.
La experiencia de alguien que ha dirigido equipos puede ser útil para acompañar a un emprendedor joven. Un profesional puede dedicar parte de su tiempo a una organización social. Un empresario puede enseñar. Un científico puede divulgar. Un directivo puede ayudar a una nueva generación a evitar errores que él necesitó años para comprender.
La frontera entre lo profesional, lo personal y lo social puede hacerse más permeable.
Y quizá ahí se encuentre una de las oportunidades más atractivas de la longevidad: poder decidir durante más tiempo dónde queremos que nuestra experiencia resulte útil.
GENIOR: experiencia, curiosidad y voluntad de seguir aportando
Nuestro concepto GENIOR nació alrededor de estas ideas.
No pretende definir una generación ni establecer una nueva etiqueta por edad. Describe una manera de situarse ante una vida más larga.
Un GENIOR ha acumulado experiencia, pero conserva curiosidad. Tiene criterio, aunque sigue dispuesto a revisar sus certezas. Ha construido relaciones y conocimientos, pero no considera terminada su etapa de aprendizaje.
Puede tener 45, 60 o 75 años.
Lo relevante es su disposición a seguir construyendo una siguiente etapa y a utilizar lo aprendido para aportar de maneras diferentes.
Esa idea está también en el origen de nuestra actividad de Longevidad. Una vida más larga resulta especialmente interesante cuando amplía el tiempo durante el que podemos contribuir al trabajo, a nuestras relaciones, a nuestra familia y a la sociedad.
Y para muchos profesionales del conocimiento, esa posibilidad exigirá asumir algo con suficiente antelación: la segunda mitad de nuestra carrera probablemente no se parecerá demasiado a la primera.
Preparar hoy la siguiente etapa
Quizá sigamos debatiendo durante mucho tiempo a qué edad debe producirse la jubilación. Pero esa discusión puede distraernos de otra cuestión que empieza bastante antes.
¿Cómo queremos llegar profesionalmente a los próximos diez, veinte o treinta años?
Conviene prepararlos financieramente, pero también intelectualmente, cuidando nuestra salud, ampliando relaciones, construyendo una reputación que no dependa exclusivamente del cargo y manteniendo la capacidad de aprender cosas nuevas.
Para quien hoy ocupa una posición directiva en una gran compañía, puede resultar especialmente útil hacerse algunas preguntas.
¿Qué sé hacer que siga teniendo valor fuera de mi empresa? ¿Qué problemas concretos puedo resolver? ¿Quién conoce mi trabajo además de mis compañeros actuales? ¿Qué tendría que aprender para trabajar con mayor autonomía? ¿Podría aportar mi experiencia a varias organizaciones en lugar de depender de una sola?
Y una última pregunta, quizá la más importante:
¿Estoy preparando mi siguiente etapa profesional mientras todavía estoy disfrutando de la actual?
Una vida profesional puede durar más de medio siglo. La oportunidad consiste en conseguir que nuestra capacidad de aportar dure también todo ese tiempo y encuentre nuevas formas de expresarse a medida que nosotros cambiamos.
Porque la longevidad no consiste simplemente en añadir años.
Consiste en ampliar durante cuánto tiempo tenemos experiencia, curiosidad y libertad suficientes para seguir siendo útiles en nuestro mundo laboral, personal y social.
Más información
Sobre Longevidad en Empresa y Sociedad
- Impulsamos tu curiosidad y tu productividad para que seas dueño del futuro que te gustaría
- Explora ideas y recursos sobre longevidad para prepararte mejor ante una vida más larga, digital y colaborativa
¿Quieres saber más?
¿Te hemos sugerido alguna idea y te gustaría seguir avanzando? Empecemos por una conversación.
No te quedes atrás. La innovación va a toda velocidad.
Contacta a través de nuestra web.
Fundación Empresa y Sociedad, un ecosistema donde ayudamos… ¡y nos ayudamos!



